África es, a la vez, el vecino más próximo de Europa y uno de los grandes desconocidos para los ciudadanos europeos. Un continente siete veces mayor que la Unión Europea, con una población joven y una enorme riqueza de recursos, se ha convertido en un socio insoslayable para Europa y, muy en particular, para España, que por geografía e historia está llamada a ejercer de puente. La pregunta es, ya no es si conviene estrechar esa relación, sino cómo pasar de una relación importante a otra verdaderamente transformadora. Para responderla, INCIPE contó con la voz más autorizada de la Unión Europea en la materia.
Nacida en Valencia, Patricia Llombart-Cussac es jurista por la Universidad de Valencia y cuenta con sendos másteres del Colegio de Europa de Brujas y de la Fundación Universidad-Empresa de Valencia. Suma más de tres décadas de trayectoria diplomática en las instituciones europeas, desde que en 1993 se incorporó a la Comisión Europea, en la división responsable de Mercosur. Poco después, pasó al gabinete del vicepresidente Manuel Marín, entonces encargado de las relaciones con Asia, el Mediterráneo y América Latina, y más tarde a la Unidad de Planificación y Análisis Económico de la Dirección General de Relaciones Exteriores y al gabinete del comisario Chris Patten. Entre 2002 y 2012 fue responsable de las relaciones de la Unión Europea con Irán, Irak, Yemen y los países del Golfo, primero en esa dirección general y después en el recién creado Servicio Europeo de Acción Exterior, en el que ocupó dos puestos de primer orden: la dirección de recursos humanos, selección y reclutamiento, entre 2012 y 2015, y la dirección general de infraestructura, seguridad, presupuestos y finanzas, entre 2015 y 2018. Fue luego embajadora de la Unión Europea en Colombia, de 2018 a 2021, y en el Reino de Marruecos, de 2021 a 2025. Desde el año pasado dirige la política europea hacia África.
Patricia Llombart inició su ponencia con una constatación: el orden internacional cambia deprisa, y África se ha situado en el centro de la nueva competencia geopolítica. Cada vez más actores buscan afianzarse en el continente, y Europa no puede permitirse mirar hacia otro lado, porque lo que ocurre en el Sahel, en el Cuerno de África o en el mar Rojo repercute en su propia seguridad y prosperidad. Evocó una idea de Javier Solana: sin atender a su vecindad, Europa no puede aspirar ni a seguridad ni a influencia. La cumbre entre la Unión Europea y la Unión Africana celebrada el pasado noviembre en Luanda, Angola, confirmó la voluntad compartida de elevar esa relación y abrió, a su juicio, una oportunidad histórica.
Las cifras del continente hablan por sí solas. África reúne cerca del 18% de la población mundial, unos 1.400 millones de personas, y rondará los 2.500 millones a mediados de siglo; solo en 2025 nacieron allí 47 millones de niños, tantos como habitantes tiene España. Para 2050, uno de cada cuatro seres humanos será africano. Será el continente más joven del planeta, con una fuerza laboral inmensa y una demanda creciente de energía, vivienda, transporte, educación o servicios financieros. A ello se suma una urbanización acelerada que multiplica las necesidades de infraestructura. Conviene tener presente, apuntó Llombart, que África es más extensa que Estados Unidos, China, India, Japón y buena parte de Europa juntos.
No se trata solo de futuro. Doce países africanos figuran entre las veinte economías que más crecen en el mundo, y ciudades como Nairobi, Lagos, Kigali o Ciudad del Cabo se han convertido en polos digitales que generan sus propias soluciones en servicios financieros, logística o salud. El subsuelo añade otra capa de interés estratégico: el continente concentra en torno al 30% de las reservas minerales del planeta, con materias primas críticas para las transiciones verde y digital y para la industria de defensa. Solo la República Democrática del Congo alberga más del 70% del cobalto mundial. Y hay una paradoja que resume el desafío: África dispone del 60% de los mejores recursos solares del mundo, pero recibe apenas el 3% de la inversión global en energía limpia. Por eso, insistió la ponente, la relación no puede ser extractiva. Debe crear valor sobre el terreno, industrializar y formar, en una lógica de socios en igualdad.
La política europea hacia África, explicó, ha cambiado de raíz. Atrás queda el acento casi exclusivo en la ayuda al desarrollo. En su lugar, una alianza más madura que se ordena en torno a cuatro ejes: la prosperidad compartida; la paz, la seguridad y la gobernanza; la movilidad y la migración; y el multilateralismo. Y descansa sobre pilares sólidos: la Unión Europea es el primer socio comercial de África, con el 90% de las exportaciones africanas entrando ya sin aranceles, y sigue siendo su primer inversor, con un volumen de inversión directa unas seis veces mayor que el de China.
La herramienta central es la estrategia Global Gateway, que aspira a movilizar hasta 150.000 millones de euros para África en infraestructuras, energía, conectividad y digitalización; más de 120.000 millones ya están en marcha. Patrica Llombart la comparó con el esfuerzo transformador que acompañó la adhesión de España a la Unión Europea, y lo aterrizó en dos proyectos. El Corredor de Lobito, primer enlace ferroviario transcontinental del continente, unirá Angola, Zambia y la República Democrática del Congo, acortando los plazos hacia Europa y creando empleo y cadenas de valor. La iniciativa África-Europa de energía verde persigue sumar al menos 50 gigavatios de capacidad renovable y llevar electricidad a cien millones de africanos, un terreno en el que, subrayó, la experiencia española sería de enorme utilidad. A ello se une el respaldo europeo a la Zona de Libre Comercio Continental Africana, con más de ochenta proyectos para integrar un mercado de unos 1.400 millones de consumidores.
Nada de esto es posible, señaló, sin estabilidad: no hay desarrollo duradero donde persisten la violencia o la fragilidad. De ahí que la paz y la seguridad se hayan vuelto una dimensión esencial de la relación, siempre bajo un principio que repitió con convicción, el de “soluciones africanas para desafíos africanos”: África lidera y Europa acompaña. Ese acompañamiento se apoya en las arquitecturas africanas de seguridad, en el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz creado en 2021 y en una presencia sobre el terreno nada menor. De las veintiuna misiones civiles y militares que la Unión Europea despliega en el mundo, once están en África, con cerca de dos mil efectivos europeos trabajando junto a sus homólogos africanos. La embajadora dedicó una mención especial a la seguridad marítima, con las operaciones Atalanta y Aspides, cuya relevancia crece al hilo de la tensión en Ormuz. Migración y multilateralismo completan el cuadro: en la primera, un enfoque integral y basado en los derechos humanos; en el segundo, la defensa de la Carta de Naciones Unidas que europeos y africanos reafirmaron en Luanda.
En el debate posterior se habló de la infiltración del terrorismo yihadista en el Sahel y su vínculo con la seguridad europea; de los conflictos a menudo olvidados y del modo en que la Unión acompaña la mediación y la ayuda humanitaria; de los instrumentos financieros y de reducción de riesgo para las empresas; y de la creciente competencia de China, Rusia y otras potencias por los recursos africanos, ante la que Llombart reivindicó la oferta europea, integral, fiable y pensada para el largo plazo, junto al peso de la juventud africana como inversión de futuro.
Como conclusión, Patricia Llombart apunta a que la asociación entre Europa y África vive un momento decisivo, y España, por geografía, historia y tejido empresarial, está particularmente bien situada para ejercer de puente. La elección, resumió, es clara: construir una relación más estrecha, más equilibrada y más ambiciosa, o exponerse a perder oportunidades en un mundo cada vez más fragmentado.
Aranzazu Álvarez