El 18 de junio de 2026, INCIPE celebró la actividad virtual titulada "La economía iraní en la actual situación geoestratégica", con la participación de Alexandre Muns, economista y asesor de instituciones financieras internacionales, además de colaborador habitual de la prensa económica española. La actividad fue presentada por Ricardo Díez-Hochleitner, secretario general de INCIPE, y moderada por Vicente Garrido, director general de la Fundación.

La sesión giró en torno a una dimensión que suele quedar en segundo plano cuando se habla de Irán: la económica. Para abordarla, contamos con Alexandre Muns, licenciado en Geografía e Historia y doctor por la Universidad de Barcelona. Desde 1998 ha impartido economía internacional, instituciones económicas internacionales e integración europea en distintas universidades, entre ellas la Universidad Pompeu Fabra, la Universidad Internacional de Cataluña, la Universidad Rovira i Virgili y la EAE Business School. Ha sido asesor principal y redactor de discursos de presidentes del Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, y antes coordinó el programa Europa y Transatlántico de la Fundación CIDOB y dirigió los estudios de la Cámara de Comercio Americana en España. Autor de cerca de una decena de libros (el último, Globalism versus Nativism, de 2019, sobre el impacto del cambio tecnológico en el mercado de trabajo), colabora desde 1992 en prensa, radio y televisión, y firma actualmente en Cinco Días, El País, La Razón y Economía Digital.

El retrato de partida de la economía iraní es el de una economía grande, pero empobrecida. Con más de 86 millones de habitantes y un PIB próximo a los 375.000 millones de dólares, que sitúa al país en el puesto 44 del mundo, Irán no alcanza los 4.300 dólares de renta por habitante. El Fondo Monetario Internacional prevé para 2026 una contracción del 6,1%, tras crecer un 5,3% en 2023 y un 3,7% en 2024, y calcula que la inflación, cercana al 40% en los últimos ejercicios, podría dispararse hasta el 68% este año; algunas fuentes la sitúan ya en tres dígitos. Muns subrayó además rasgos estructurales muy anteriores a la guerra: una tasa de participación laboral del 40%, veinte puntos por debajo de la media mundial, y unos 32 millones de personas que viven con menos de 8,30 dólares al día. Recordó también que Irán no se somete a las consultas anuales del Fondo desde 2018, lo que resta precisión a unas cifras por lo demás bastante sólidas.

El petróleo ocupa un papel central en su economía. Irán figuraba entre los grandes productores mundiales, con cerca de 4,4 millones de barriles diarios, pero el bloqueo estadounidense ha estrangulado su salida al mercado: de exportar más de dos millones de barriles diarios en 2023 ha pasado a apenas 50.000 o 60.000 en mayo de este 2026. Nueve de cada diez barriles que todavía exporta acaban en China. Cabe destacar que, solo en mayo de este año, los productores del Golfo (Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Catar, Irak y la propia Irán) dejaron de producir más de once millones de barriles diarios al no poder circular por el Estrecho de Ormuz, un estrecho por el que antes del conflicto circulaban veinte millones de barriles diarios.

Respecto al programa nuclear iraní, Alexandre Muns expuso su recorrido histórico, desde su arranque en 1973 hasta el acuerdo de 2015 entre las grandes potencias, que levantó las sanciones y devolvió a Irán unos 100.000 millones de dólares en activos congelados a cambio de limitar el enriquecimiento de uranio. Recordó después la retirada estadounidense de 2018 y la reimposición de sanciones por el Consejo de Seguridad de la ONU en septiembre de 2025. La clave, explicó, está en los umbrales de enriquecimiento: un 5% basta para generar electricidad, el 60% responde a usos militares o científicos y el 90% solo sirve para fabricar un arma. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, las reservas iraníes enriquecidas al 60% bastarían para producir una decena de bombas en cuestión de semanas si Teherán decidiera dar ese paso.

Por otro lado, Muns destacó el papel fundamental que juega la llamada flota fantasma, el mecanismo con el que Irán ha venido sorteando el bloqueo. Una investigación reciente del Wall Street Journal cifra en unos 90 millones de barriles el crudo exportado desde diciembre a bordo de petroleros que navegan con bandera de conveniencia.

El tramo final de la actividad se adentró en el terreno jurídico y en el coste agregado del conflicto. La pretensión iraní de cobrar un peaje por el tránsito de Ormuz contradice la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, ratificada por 172 países, y sentaría, advirtió Muns, un precedente peligroso: nada impediría aplicar después la misma lógica en otros estrechos, como el de Malaca. En el plano macroeconómico, el FMI ha rebajado su previsión de crecimiento para Oriente Medio y el Norte de África del 3,9% al 1,1%, y la mundial, del 3,3% al 3,1%. Las estimaciones sobre los daños a la economía iraní superan los 100.000 millones de dólares, y el propio Gobierno de Teherán los eleva a 270.000 millones.

La sesión concluyó con un turno de preguntas donde se abordaron cuestiones como la adaptación de Irán a las sanciones, el reparto de ganadores y perdedores en el Golfo, el creciente control de la Guardia Revolucionaria sobre el conjunto de la economía o el peso de China y Rusia como sostén del régimen. El debate dejó una idea de fondo: la economía iraní se ha convertido en uno de los principales termómetros de la crisis, capaz de revelar al mismo tiempo la resistencia y la vulnerabilidad del país, y seguirá siéndolo mientras se prolongue el pulso en torno al estrecho de Ormuz.

Aranzazu Álvarez