La sesión giró en torno a una pregunta de fondo: cuál es el posicionamiento de China ante el conflicto en Oriente Medio y qué consecuencias tiene para el orden internacional. Para abordar estas cuestiones, contamos con dos diplomáticos con dilatada experiencia en China. Manuel Valencia cuenta con una larga trayectoria en el Ministerio de Asuntos Exteriores, donde ejerció, entre otros, como director general de Relaciones Económicas Internacionales, y también en el sector privado, como vicepresidente de Técnicas Reunidas Internacional y copresidente del Comité Hispano-chino de Hombres de Negocio, entre otras responsabilidades. Es además patrono de INCIPE, destacado pintor y autor de libros de viaje. Rafael Dezcallar es licenciado en Derecho y máster en Ciencias Políticas por la Universidad de Stanford. Ha sido embajador en Etiopía, Alemania y China, subdirector general de Naciones Unidas y director general de Política Exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores. Autor de cuatro ensayos geopolíticos sobre Europa, Oriente Medio y China, y de dos novelas, preside actualmente el patronato de Ayuda en Acción y es miembro del capítulo español del Club de Roma.
Durante su intervención, Manuel Valencia ofreció un análisis del conflicto en el Golfo Pérsico y del papel que China está desempeñando en él. Señaló que no se trata de una guerra del Golfo clásica como la de 1991, sino un conflicto regional y marítimo entre Irán, Estados Unidos e Israel, en una zona de enorme relevancia económica por la que transita el 20% del comercio mundial de petróleo. China es el principal comprador del crudo iraní y el mayor socio comercial de Irán, lo que le otorga un interés directo en la estabilidad de la región. Su postura oficial es de desescalada y respeto al derecho internacional, y su apoyo a Teherán existe, pero es indirecto y cuidadosamente calibrado para no comprometer sus relaciones con otras potencias regionales como Arabia Saudita, los Emiratos o Irak.
Lo llamativo, señaló Valencia, es que China está ganando influencia en la región precisamente por su contención. Es percibida como una potencia predecible y su lógica es comercial antes que militar, lo que resulta atractivo para los países del Golfo. En un plano más amplio, Valencia reflexionó sobre algo que considera clave para entender a China: no es solo un país, es una civilización de cuatro mil años de historia que no quiere seguir las reglas occidentales, sino participar según las suyas. Y apuntó que la interdependencia económica y financiera entre Pekín y Washington es tan profunda que hace muy difícil cualquier ruptura real entre ambas potencias.
Por su parte, Rafael Dezcallar partió de una reflexión histórica para explicar la estrategia de política exterior de China. Recordó que China es un país que durante siglos se mantuvo cerrado al mundo y que solo se abrió a partir de las reformas de Deng Xiaoping en los años setenta. Eso, señaló Dezcallar, explica una inseguridad que todavía hoy condiciona su política exterior, sobre todo en lo político y lo militar. De ahí nace la paradoja que define su presencia en Oriente Medio: una influencia económica enorme, la mitad de su petróleo viene del Golfo, ha invertido en infraestructuras en Arabia Saudita y en tecnología en los Emiratos, y medió en la reconciliación entre Irán y Arabia Saudita en 2023, frente a una presencia política muy limitada.
Rafael Dezcallar subrayó que la inacción de China ante el ataque a Irán debilita su posición en la región a corto plazo, porque los países del Golfo siguen dependiendo de Estados Unidos para garantizar su seguridad. A largo plazo, sin embargo, Pekín calcula que una guerra mal planteada por Washington y de resultado incierto refuerza su narrativa del declive occidental y el ascenso de Oriente. En materia comercial, recordó que China pasó del 5% al 18% del PIB mundial desde su entrada en la OMC en 2001, mientras la Unión Europea acumulaba el año pasado un déficit de 359.000 millones de dólares con Pekín. Eso, a su juicio, exige una postura europea mucho más firme en materia de reciprocidad comercial.
Sobre las relaciones con Rusia, Dezcallar describió una alianza sostenida por la existencia de un adversario común, pero condicionada por desconfianzas históricas profundas y una asimetría creciente que incomoda a Moscú. Y respecto al programa nuclear iraní, coincidió con Valencia en que China no lo desea. Pekín tiene una preferencia estructural por la estabilidad y es consciente de que un Irán nuclear desencadenaría una carrera armamentística en la región que no le conviene a nadie, y menos a China.
La sesión concluyó con un turno de preguntas en el que se abordaron asuntos como el desarrollo de gasoductos entre Irán y China, las relaciones entre Pekín y Moscú, o el significado del reciente acercamiento entre China y la India. El debate dejó patente algo en lo que los dos ponentes coincidieron: China es hoy un actor del que no se puede prescindir para entender hacia dónde va el orden internacional, y conviene seguir analizando con rigor su comportamiento en cada uno de los grandes conflictos de nuestro tiempo.
Aranzazu Álvarez